El tiempo

¿Cuánto tiempo gasta uno en el colectivo? ¿Y en la cola del pago fácil? ¿Y en el banco? ¿Acaso será como en “Momo”? ¿Habrá unos hombrecillos grises infiltrados, que nadie ve ni nadie conoce que nos roban el tiempo? ¿Y cuándo falta un profesor en la secundaria y te vas antes? ¿Sería una devolución? ¿Ellos son los que lo devuelven? ¿Cómo lo entregan entonces? ¿Te dan relojes especiales? ¿Habrá cajas fuertes para guardar el tiempo? ¿Hay un “Ministerio de Tiempo”?

Esperá, porque, si hay un Ministerio, hay un Ministro. Y eso lo designa el gobierno. ¿A quién pone un gobierno al frente de un ministerio así? ¿Un relojero? ¿Un físico? ¿Un ocioso, para que no se robe el tiempo? ¿Habrá multas por perder el tiempo? ¿Por ir a la plaza y tomarse media hora antes de entrar al trabajo? ¿Te pondrán una multa de plata? ¿O también es de tiempo? Como cuando la seño lo dejaba a uno sin recreo porque no terminaba de copiar o porque no hacía nada en la clase ¿El tiempo no es como un tipo de plata? Si finalmente 8 horas de trabajo = X pesos ¿Funciona así, no? ¿El valor de mi tiempo es igual al del otro? ¿Y mi tiempo es igual a las 8 de la mañana que a las 8 de la noche?

Si tengo poco tiempo, mis 5 segundos de tiempo libre ¿no son más valiosos que las 24 horas del día de alguien que no hace nada? ¿Cuánto vale el tiempo que dormimos?

¿Y si Marx se equivocó? ¿Y si nos dominan con el tiempo y no con el capital y la propiedad privada? Pero no puede ser así, porque el ti…

¡CHE, BOLUDO! ¡Hace 15 minutos te estoy llamando para que pongás la mesa! ¡¿Qué te creés?! ¡¿Qué mi tiempo no vale nada?!

Ya estoy, mi amor. Perdoná. Gracias

¿Gracias, por qué?

Me diste la respuesta a un problema.

Asimetría-640x330

Rémora

Ellas son rémoras

Pequeñas rémoras, insignificantes

¿Saben lo que es una rémora?

Son unos peces pequeños

Se adhieren a la piel de tiburones y orcas

Su vivencia es tan mínimamente parasitaria

Que los grandes depredadores no se dan por aludidos

Viven con las pequeñas comensales a cuestas, alimentándolas, toda su vida

O se dan cuenta y permiten la existencia parasitaria por diversión

¿Los tiburones pueden ser irónicos? No lo vamos a saber nunca

Pero esta es la historia de una rémora, una que nadó contra la corriente

Bueno…, metafóricamente. Los que hacen eso literalmente son los salmones.

Un día esta rémora pensó que habría muchas más rémoras que tiburones

Muchísimas más. “Debe de haber un millón, dos millones, tres millones de nosotras por cada tiburón”, pensó.

Y le dijo a su compañera, que succionaba con fruición los nutrientes de la piel de un tiburón blanco particularmente grande: “¿Porqué hacemos esto?”. La compañera era vieja, tanto como lo puede llegar a ser una rémora y contestó: “El tiburón es más grande. Nos podría zampar de un solo mordiscón, pero en cambio, es benévolo. Nos deja comer de él pues es tan poco lo que necesitamos, que a él no le molesta”.

“Pero…, ¿si un día el tiburón se cansa de alimentarnos?” replicó la primera “¿Si un día se cansa o muere, qué haremos?”. La vieja contestó “Pues iremos a otro y después a otro, así hasta terminar nuestra vida”.

La rémora no se quedó contenta con la respuesta. “Mientras sigamos al tiburón, siempre estaremos dependiendo de que él nos alimente. Si somos más, ¿no podríamos matarlo y comerlo entero?” siguió, ahora hablando más fuerte, dirigiendo su inquietud hacia todas sus compañeras.

Ellas no le contestaron. Estaban demasiado ocupadas en mantenerse bien pegadas a la piel del gran tiburón blanco. Pero el que sí escucho fue este. No le gustó mucho lo que dijo la pequeña inconformista. “Esto me generará problemas a futuro” se dijo a sí mismo. Con un solo movimiento, la pequeña rémora, que al hablar había despegado su boca de la piel del tiburón, cayó al vacío del mar.

La pequeña quedó sola, en el piso del océano sin poder alimentarse de nada. Poco a poco se fue consumiendo, hasta que finalmente, su pequeña boca cesó de moverse, casi instintivamente, en busca de algo que succionar.

Mientras veía la escena, la vieja rémora pensó: “Ya otras la habían intentado antes. Nunca sale bien” y siguió pegada a la piel del tiburón, que nadaba rápidamente.

Hay algunos que afirman y recontra afirman que está en contra de la naturaleza de estos animalillos el ser depredadores. Que se limitan a seguir su instinto, que es el de someterse ante una fuerza superior.

Yo sigo creyendo que algún día, habrá alguna otra pequeña e inquieta rémora que convencerá a las otras. Algún día, un ejército de billones y trillones de rémoras se comerá al gran tiburón que antes las alojaba en su piel.

remoras

 

Don Tranto y los dos 10 que no fueron

Circula y está de moda decir que ahora no se juega al fútbol como antes, pero a ninguno todos los que lo decían o dicen en general les di mucha bola. Excepto a Don Trantorini, que había jugado de centrodelantero, que en su época se decía centrofóbal en Carapachay de la Virgen, Atlético Pampeano y hasta tuvo un fugaz paso por el grana del sur, Lanús.

Don Tranto, como le decíamos todos, era una especie de abuelo de los pibes del pueblo. El se sentaba tranquilo frente al baldío del morocho Chaile, el verdulero salteño que nos dejaba el baldío frente al negocio, y nos miraba jugar mientras avivaba las brasas del mate. En aquel pueblo donde hasta las langostas eran flaquitas, que limitaba con la Pampa al sur y con Santa Fe al oeste, no existían los termos ni el gas, así que ningún lugareño se podía permitir no saber armar un fueguito, llegando al punto de que además del fútbol y la doma, otro de los deportes competitivos, una vez por año, era la competencia del fuego, donde se veía quien podía mantenerlo encendido más tiempo. Mi papá había ganado en una ocasión, lo cual me generaba cierto orgullo, porque no montaba bien a caballo, usaba anteojos culo de botella y cuando jugaba al fútbol solo era héroe cuando por su brusquedad no intencional  colocaba a alguno, salvando al arquero de un remate de Godinez, el delantero del equipo del intendente, que jugaba contra el de mi padre, que era el de los empleados del banco, aunque el era el gerente de la estación de servicio de las afueras.

Tengo el recuerdo de que, para nosotros los pibes, Don Tranto era un hombre viejísimo, aunque no debía pasar más de los 50 y largos para la época que se me viene a la mente. El se sentaba tranquilo, con la camisa abierta que revelaba una amarillenta musculosa originalmente blanca y nos cebaba mate en los entretiempos. En ese lugar olvidado a donde la revolución guerrillera y la subversión no llegaban, los varones pateábamos la pelota desde que nacíamos hasta que nos íbamos del pueblo  (los que nos fuimos, que no seríamos muchos). Don Tranto siempre tenía algún comentario para hacer y para que se desencanten rápido, ahora al comienzo y no después, cuando le tomen algún cariño idiota, Don Tranto no era un abuelito amoroso, era un viejo duro, curtido. Cascarrabias e hinchapelotas. Pero así eran todos, sería por la cantidad de polvo que irritaba los ojos y el carácter.

Don Tranto miraba mucho y le daba pelota al 10 rival, un pibe al que le pegábamos siempre en la cancha porque era el hijo del abogado del banco y tenía el mismo promedio escolar que su posición. Además, era rubiecito y angelical, mientras que la mayoría de nosotros eramos morochos, casi todos con ascendencia india en algún trazo más cercano o lejano del árbol genealógico. Y bueno, lo poníamos con furia e innecesariamente, pero también porque era el rival. Ojo que había pica, pero igual lo hubiéramos cagado a patadones aunque hubiera sido el 2 nuestro, Carlitos, un grandote con cara de indio del malón y más malo que la mierda. Ahí o lo ponías fiero al rival o después el te decía que eras puto y maricón. Después nos enteramos que Carlitos se había hecho travesti en la Capital, pero eso es otra historia.

La cuestión es que Don Tranto era de esos centrodelanteros que por su posición privilegiada en la cancha, sabía donde carajo iba a terminar cada jugada. Ya nos habíamos acostumbrado a que anunciara con un grito los goles, predicción que acertaba casi siempre, unos cuantos segundos antes. De alguna manera, nos gustaba que hiciera eso, porque se sentía como si entrenáramos en un equipo en serio, cosa con la que muchos soñábamos.

Un día de septiembre, promediando el inicio de la primavera, que hacía que nuestros papás nos dieran algún gustito cada tanto, como un helado o un paseo por el pueblo vecino, que quedaba a más de 20 kilómetros y debía ser el triple de grande que el nuestro, me llamó a mí. “Vos, el de remerita roja. Si, vos. Vos eras el hijo del de la estación, no?”. Le respondí que si.  “A vos en qué posición te gusta jugar, pendejo?”. Hablaba siempre así Don Tranto, como todos ahí porque éramos malhablados y el poco jabón que se usaba era para lavar la ropa, ocasionalmente el cuerpo, pero no la boca. Yo le dije que jugaba de 5. “No, nene, no te pregunté de que jugás. Ya sé que jugás de 5. Te estoy preguntando de que te gusta jugar”. Lo pensé un rato y le dije que de 10, cosa que no era mentira. A mi me gustaba hacer gambetas y figuras cerca del arco y me salía bastante bien. “Si, te veo, te veo. Mirá, vamos a hacer algo. El pibe Rubinstein ya me tiene los huevos al plato porque es un blandito. Es mejor que vos, no te creas, pero es muy llorón y vos las tenés bien puestas ahí abajo . Yo ya estoy viejo, pero quiero mandar a alguien a la Capital para que este pueblo de mierda aparezca algún día en el mapa. Vos te animás con la 10?” me dijo, serio y escrutador, desde la negra mirada curtida de pobreza, tierra y años de gloria añejos como un buen tinto. Tragué saliva ante esa actitud que nunca le había visto nadie conmigo y asentí con la cabeza.

Envalentonado por la súbita confianza que el viejo goleador depositaba en mí, me mandé a hablar con Padurri, el capitán, que jugaba de central, al lado de Carlitos y que aprobaba todo lo que pasaba en el equipo.  Lo encaré de una, tranquilo y le dije: “Mirá, yo hoy juego de 10. Mandalo de extremo a Carzo, que ahí juega bien” y escupí al suelo, sin dejar de sostenerle la mirada. Padurri, que era con Carlitos el más grande de nosotros y andaría por los 18 ya, me miró divertido, me acarició la cabeza y me dijo “si llegás a cagarla, te pongo, Tronzo” y se fue a azuzarlo a nuestro lateral izquierdo, que estaba haciendo jueguitos en el fondo.

El partido empezó y los del otro equipo marcaron uno o dos goles al toque. Después de putear al arquero, se me acercó Carlitos y me dijo “Mirá que lo que dijo el Fabi es cierto. Te vamos a poner feo y no te hablo de la canchita, eh. Hacé magia o…” y me bajó el pulgar delante de la cara. Nervioso, me fui a poner para que sacáramos. Nuestro 9 me hizo un pase corto al empezar y me mandé por los yuyos frenético. Salió el gordo Tomada a barrerme y le pasé por arriba con la pelota y todo. Levanté la cabeza y lo ví a nuestro delantero, que había picado al área y estaba rodeado de dos o tres, pero que eran más petisos. Calculé que si la tiraba más cerca del punto de córner, él la iba a poder enganchar con la cabeza. Corté en diagonal y me acerqué todo lo que pude para tirar un centro con efecto, que le cayó en la cabeza y definió el gol del descuento. Carlitos, que nunca se inmutaba, le empezó a gritar de todo al rubio Rubinstein, acusándolo de puto, blando y judío “ahí tenés un 10 negro y macho, la concha de tu madre”, vociferaba mientras Rubinstein se tapaba la cara con el codo.

Don Tranto me miró con una mueca que debía ser una sonrisa o lo que en ese lugar sin esperanzas ni plata sería una sonrisa y entré en confianza. A partir de ahí fue todo cuesta arriba, tiré un par de centritos goleadores más y hasta me di el lujo de amagarlo al arquero y meterla de taquito mirándolo a los ojos, mientras la bocha se perdía dibujando arabescos hacia el jardín de los Yrurtia. Terminamos con una goleada del carajo, un 5 a 2 que quedó marcado en mi memoria.

Mientras mis compañeros me felicitaban cuando dimos por acabada la paliza, incluso Carzo, que seguía medio caliente porque a él le gustaba ser 10 y no era para nada malo, volví la cabeza a Don Tranto. Se había ido con el rubio Rubinstein y se alejaban. Lo corrí para hablar con él, que volvió la cabeza y me miró largo rato, mientras le decía al rubio que se adelantara y lo despachaba con una palmada en el número 10, que era de una camiseta que siempre traía planchadita e impecable, del mundial del 78. No le dije nada a Don Tranto hasta que me dijo: “Mirá pibe, vos no vas a llegar a Primera. Sos un negrito de acá, como mucho, tal vez tenés la suerte que tuve yo y hacés de suplente en algún equipo chico de cerquita de Capital. Pero el pibe Rubinstein necesitaba una lección de vida, para poder mejorar. Se va a probar en Chacarita a final de año, sabías?. Bastante bien anda. Vos estuviste de miedo, pendejo, pero te quedás acá, esto es tu techo. El rubio va a llegar lejos”.

No me acuerdo que le dije, lo puteé por todos lados, le dije que era un viejo del orto, que nadie lo quería en el baldío y que solo le dejábamos estar por el mate. Cuando le dije que el también era un muerto y un fracasado, me miró enojado, se acercó con el puño crispado y me imaginé lo peor. Pero nomás me dijo “Sacuditelo de encima. Sos un equis, un cualquiera, vas a llorar? Carlitos te ve y te caga a bifes. Pensá que le podés contar a tus hijos algún día que lo opacaste a Rubinstein, el 10 más grande de la selección. Tal vez te van a creer, porque malo no sos. Haceme un favor, dedicame un gol algún día ”. Y se fue, dejándome con las lágrimas a flor de piel.

Unos años después, ganamos el mundial de la mano de un negro de mierda como yo. Rubinstein jugó en Chaca, pasó por San Lorenzo y hasta llegó a ser reserva de River, pero se jodió una pierna y terminó quedando, con más pena que gloria de periodista deportivo. Tal vez por algún honor al rival del pasado, adquirí la costumbre de leer su columna todos los domingos. Don Tranto se murió viejo y pobre en aquel pueblo de mierda. A mí no me fue ni mal ni bien, no hice carrera en el fútbol, pero lo que hago me alcanza para comer. Y sigo jugando de 10 con los amigos. Y cada gol, aunque no lo crean se lo dedico a Don Tranto, porque es como dedicárselo a la vida: es desagradable, traicionera y te mira mal por ser negro, pero al menos, te deja algo para seguir el camino.semilleros01

Objeto de deseo inmediato

 

Indolencia

El no poder dormir ¿Será impotencia o voluntad? La indolencia del insomnio, aquel primo taciturno del sueño toca a mi puerta consciente e invade la serenidad de mi cuore.

Si tantas veces habré hallado una paz no existente en pos de la fatal conciliación de mi sueño conformista, ¿Cuál será aquella respuesta cuya pregunta no quiero formalizar?

Caminé, me acaloré y ahora mientras el polvo del camino en combinación con las gotas de sudor agitado que danzan formando arabescos grotescos en el croquis de mi osamenta, Morfeo se niega a retornar.

Y mis odios inconclusos e irracionales se disipan. Podríamos ser muy buenos amigos si no estuvieras arbitrariamente y sin desearlo, obstaculizando la ruta de mis deseos inmediatos.

Mi mesa de trabajo es una tabla, mi silla un montón de arena tapada por una lona.

Y sin embargo, trabajo mejor que cuando  tengo música, computadora y una silla reclinable. Todo eso, obviamente, endulzado con las mundanas presiones que elegí como mis furias domésticas.

Rectificación de media mañana

Mis objetivos son inalcanzables por las gafas que llevo puestas en los ojos del inconsciente. La prescripción no la necesito, pero la pedí igual y el oftalmólogo maldito que me la brindó fui yo mismo. Las odio y las amo, busco perderlas pero las necesito, pues hacen borrosa la visión más nítida.

Ser escritor es como ser bajista, y dibujar, como tocar la guitarra. Mis resultados son menos obvios, menos glamorosos, y precisan de la abstracción del otro. El que dibuja maravilla con pocos trazos, yo tal vez en mil páginas no logre despertar una sola emoción.

Hace unas horas, dije aquello que quería decir, pero no como lo quería decir. Por eso busco la rectificación frente a un ser poético que desprecio, de manera troglodita, porque no puedo entenderlo.

Mi intolerancia artística es casi fascista. Odio aquello que por falta de ganas, o de talento, no he podido manifestar en mí.

Eterno garabateador de niño, busqué en la escritura, en la prosa, la perfección que mis manos no lograban con el dibujo.

Así, se convirtió ese dulce niño feliz, que todavía habita muy profundamente en mí en un cínico despreciable.

Y ahí están las gafas de nuevo. Me hacen cínico e infeliz, pero ahí se deposita mi comodidad. Y entonces, aquel objeto de deseo inmediato, que quema y quiebra mi coraza sin saberlo, sino que ocurre por culpa de estas gafas que me hacen infeliz, pero me defienden, se hace borroso de nuevo.

Como si no tuviera otras cosas esperándome en mi hogar, esto pareciera una maratón perdida que busco ganar. Busco, persigo y trato de cazar aquello que está a mi alcance y al mismo tiempo, está tan lejos que se antoja un punto pequeño e infímo en el horizonte.

Y en la inquietante serenidad del sol que ha salido hace unas horas ya, veo que escribo tal como hablo: Pomposamente, pero sin llegar a conclusión alguna

Así es que mi rectificación acaba como empezó, sin atar cabo alguno.

Expiación de la rectificación

Aquel que se digne a examinar los títulos que unen a este escrito, estos intermezzos literarios, podría concluir que soy un devoto creyente.

Más no, soy tan ateo de la religión como de la vida. En todo aquello que se pueda creer, yo no solo dudo, sino que descreo.

Y aquí se han juntado mi yo racional y mi yo poético, generando esta catástrofe contradictoria de carácter literario.

Entre conversaciones donde mi protagonismo no existe y música de la que no puedo gustar, mi estómago creativo se indigesta con una mundanidad, una terrenidad, que cual fuego al pastizal seco y yermo, se extiende, matando a los gérmenes de mi imaginación

Se viene el mediodía y el sol pica, pero la sombra que cubre mi cabeza convierte la incomodidad en una belleza admirable y disfrutable.

Y ahora mi deseo inmediato lleva gafas, unas que posan sobre sus ojos reales, y otra, sobre sus ojos de la mente también. La idealización potencia su belleza y colisiona nuevamente a mis dos “yos” en contradicción eterna, agridulce e insoportable.

Pero mi objeto de deseo inmediato no es un deseante recíproco. O eso me hacen pensar las gafas que llevan mis anhelos más profundos, distorsionando mi mente.

La mediocridad me hace regocijarme en pequeñas victorias, que llenan mi ser momentáneamente, pero que dejan un vacío que da hambre y sed, de una ambrosía y un néctar que no puedo conseguir, pues el Monte Olimpo está destinado a aquellos con más suerte que la mía.

El dolor de no intervenir

Y ese dolor mata a mí yo racional y mi bestia poética, se levanta hacia el incierto horizonte donde se posa mi objeto de deseo inmediato, todo para un ataque cuya crónica retrasa, y que, de todos modos nunca ocurrirá.

Mi infancia y mi temprana adolescencia se revuelven en mi estómago cuando suena una canción que olvidé hace muchos años.

La obviedad de este manuscrito me hace tener que ocultarlo del mundo que participa, sin saberlo, de esta pequeña tragedia personal.

Mi impotencia sólo se compara a la de aquel objeto, que ahora, se expresa en esas maneras que yo desprecio sólo por no poder realizarlas.

Sonámbulo de la infelicidad

El viaje de vuelta, largo, extenuante tiene algo de comodidad mundana que había tenido desde hace unos días. Me voy alejando de las pasiones irresolutas, que se desvanecen con cada kilómetro que avanza este armatoste de metal que traga gasolina y escupe veneno.

Me asusta lo que haya que enfrentar ahora, más que nada, porque las furias extranjeras se suman a las domésticas.

Sin embargo, el miedo trae consigo un alivio. Mis furias domésticas debieran ser más fáciles de afrontar, pues por algo, son domésticas.

Y sin embargo, ese miedo y ese alivio se conforman en un algo más imponente, más monolítico que determina un ente que me es ajeno.

El viejo dilema de no saber quién es uno, porque se ha vendado los ojos para no ver el camino que transitó hasta llegar a dónde está.

Eso es ser un sonámbulo de la infelicidad, un autoprofeta de la miseria, cuyo único parroquianos es uno mismo y un negador de la existencia de miserias similares o peores, que incluso, pueden ser compartidas.

I + II + I (II) + II (II) = X

rubik-cube-face

I

La espera era tortuosa. No sabía porque estaba en la lluvia, como un imbécil, mojándome por una mujer que nunca me quiso y a la que yo tampoco quise nunca.  Supongo que me había llegado algún tipo de crisis existencial o alguna mierda así. Tres horas bajo la lluvia después de 9 de trabajo. No es recomendable. Para nada. Ella no está mojada. No tiene mi crisis existencial, está relajada en su casa, caliente y cómoda. Porque el que comete idioteces soy yo. Porque ella me importaba por anexo, inercia y comodidad. Era mi red de seguridad. ¿No estoy siendo romántico? Váyanse a cagar, esto no es Jane Austen. El amor es algo que algunos padres de algunos hijos parecen conservar después de 30 años o más. Pero la mayoría seguramente no sintieron, sienten nbi sentirán verdadero amor. El amor de un amigo está más cerca. Si. Más cerca. Es palpable, identificable con hechos y nunca dado vuelta como pase de factura de una pareja que ya no quiere estar con vos. No te quiso nunca, flaco/a. Todo es mentira.

II

Ahora estoy en casa. Me puse ropa seca y me siento mejor al calor de la estufa. Mi cuerpo frío y húmedo acepta como ofrendas divinas la remera seca, el pantalón seco, los calzocillos secos. Un festival de calidad sequedad. O sequía. No la paso tan mal igual ahora. Exageré un poco. Si, todo va a estar bien. Ella siguió adelante, yo voy a seguir adelante. Sisi, tranqui.

I (II) = III

Cómo pude ser tan ingenuo de pensar que esto se iba disipar en un rato? Estoy loco. Loquísimo de remate. En qué andará ahora? No puedo pensar eso. Pero que ganas tengo. Que ganas de hacerme mierda a mí mismo, aunque sea solo por un ratito y por el gusto no darme el gusto de pasarla bien. Mi remera es como para salir? Dejó de llover. Salgo? No…, al pedo, va a volver a llover. Ni para eso me da. Maricón de mierda. No, como me voy a decir eso. Si, porque es con otro significado, pelotudo. Basta. Pará. Calmate. Aflojá. Chau. Bai. Adiós. Auf Wiedersen.

II (II) = IV

Bueno, tampoco para tanto. Es solo una tristeza pasajera. Es una tristeza al pedo. Me la genero yo. Estoy bien, estoy bien. Si, estoy bien. Hoy salgo. Si, llamo a los chicos y salimos de joda. Si, si, totalmente.

********************************************************************

                     **********************************************************

                                         **************************************

Informe de campo.

Conclusiones analíticas:

El paciente responde de manera inestable a las drogas. No se cuestiona su existencia más que superficialmente. Fácilmente manipulable y sugestionable. En su diario del día coloca los momentos felices con números impares y los tristes con números pares. Se puede pasar a fase  X+I del experimento.

Saludos

Atte. Dr. Lamperoni, analista neurocosmogónico sección 7, departamento de sugestión de especímenes (Clases AB y ZX)

De compras

Era imposible que me dijeran que no tenían más pan. Era el colmo. Estaba en una panadería.  –Señor, ¿Cómo que no tienen pan? Esto es una panadería!- dije, indignado –Cómo sabe que somos una panadería si no ve pan? Tal vez cambiamos gomas de autos- me respondió sardónico el muchacho detrás del mostrador –Pero hay facturas ahí. ¡¿Desde cuando una gomería vende facturas?!- repliqué, con la vena asomado en la frente, cada vez más roja y palpitante –Una muy rara…- me dijo de lo más pancho. Pendejo de mierda. Me fui a hacer otras compras  y diligencias

Entré confiado a la carnicería, porque conocía al dueño, a los hijos que atendían y hasta a la cajera de ojos vacíos. Espero sentado mientras cuento la cantidad de enanos que entrarían en el hall de esta carnicería. 1 baldosa x enano x 234 baldosas = 234 enanos. Si fueran pigmeos hay que multiplicar el resultado por la diferencia, por un pigmeo ocupa 0,76 de baldosa. 234 baldosas-enanos x 0,24 de enano-pigmeo = 240 pigmeos. En eso me doy cuenta que me pasé el número y que yo tenía el 25 y estaban en el 49. Me acerco a uno de los hijos –Disculpame, ¿Néstitor? Cómo andás, Cholo, el de siempre. Me pasé un cachito con el número, andaba distraído. ¿Me podrás atender igual?- Néstitor no contestó, me miró con cara de malas pulgas y me señaló el dispensador rojo de números, que parecía un oso hormiguero. Tiré un poco más de lo necesario y le dejé una apropiada lengua de oso hormiguero de 3 números. Tenía el 56, había poca gente en la carnicería. Se acercaba la 1 de la tarde. Compré lo más rápido que pude y mientras salía corriendo, me saludo Néstitor (el de verdad). Por eso se enojó el otro que ni sé cuál es, si Tito, Pichu o Chupi. Todos los hijos de carniceros son iguales ante los ojos de Dios. Dios le digo a la cabeza de cerdo plástica que exhibe el establecimiento en sus afueras, obvio.

Llegué al chino con el tiempo justo. El chino que parecía sacado de una de esas películas donde Vin Diesel tiene 40 años pero hace de que tiene 30 años actuando como un pibe de 25 y vistiéndose como uno de 20 me miró y me hizo una reverencia casi imperceptible. No me acuerdo si los de las reverencias eran japoneses, coreanos o chinos. Yo sólo sé que si son chinos pero morochos son de Tailandia o Camboya. Eso lo aprendí mirando películas de yanquis en Vietnam, porque los vietnamitas y esos otros que dije son re parecidos. ¿Qué tenía que comprar? Terrones de azúcar, papas fritas de esas Lays, pero la versión devaluada, una coca y detergente. Metí todo en la canasta, presuroso por llegar a casa y disfrutar de mi programa favorito, las repeticiones de La Dimensión Desconocida. El chino me cobró – ciento sesenta pesos – dijo, monocromicamente como un mono monótono.  –Esto es un escándalo, señor chino. Le voy a hacer saber que yo soy muy versado en matemática, recién hoy calculé hábilmente la cantidad de enanos y pigmeos que entran e una carnicería de 234 baldosas. Así que yo sé que esto es menos. O me cobra bien o no vengo más!- le solté, desafiante como si estuviera cantando un vale cuatro con una sota. – Muy bien, no venga más. O paga o se va sin comida- el chino redoblaba y me tiraba las cartas a la jeta.

-Algún día los voy a cagar a trompadas a todos. Ya van a ver- me dije en mi casa mientras de brazos cruzados, miraba el episodio de La Dimensión Desconocida donde un señor caía en una dimensión donde todas las viejas mal bronceadas con cosas blancas debajo de los ojos eran sus esposas o algo así. Creo, porque también estaba zapingueando entre tanto y tanto y estaba Lilita Carrió en otro canal

Tres por uno

Pasa de uva

Lidera la matanza el ser más vulgar

Juega con el destino y se arranca

El negro corazón,

Chiquito,

Arrugado,

Como pasa de uva

Vocinglero

El vocinglero de la televisión

Anuncia la crema

Ponce de León

Tiene voz ronca

Ronca de doble vida

De mafia nocturna

De hemorragia espiritual

Espiritual y terminal

 

Talabarteros Unidos del Río de la Plata

Al fondo de ese PH

(si, ese de ahí)

La anciana menos venerable

Se queja de sus juanetes

Mientras la hija llama al SAME

Y entra en acción

La recepcionista

“No, no te lo cubre la obra social”

Dice revoleando los ojos

“Es la de Talabarteros Unidos del Río de la Plata”

La hija aprieta los puños

“Solo le podemos hacer una curación y vendarla. Después, ella se limpia solita con una lima. Una firmita por acá. Pase allá. Chau”

 

 

Aglomeración de almas

 

1639

La aglomeración de almas en la Ciudad puede ser algo inquietante. Hay un caótico equilibrio que se rompe, se vuelve a arreglar, se rompe de nuevo. Cada vez que se arregla, se desgarra un poquito más. Un señor con un auto de mierda se queja de los cartoneros que no lo dejan pasar, otro señor que está atrás se queja de que el señor con un auto un poquito peor que el suyo no pase por arriba al cartonero con su chatarra. Y así la cadena hasta llegar al más tremendo mala leche de todos, que sigue siendo un pichi.

Hay que aceptarlo, el 99% de la población somos pichis de mayor o menor grado que escapan a la aglomeración de almas, fenómeno que nos asusta por el hacinamiento inconsulto de probada ineficiencia.

¿A quién carajo se le ocurre meter durante el día en este lugar como 10 millones de personas que transitan las calles, de los cuales, la mayoría ni siquiera vive en el lugar, sino a uno, dos, tres bondis o tal vez, un tren del horror de distancia? En verano, el asfalto calienta los cerebros y los fríe cual huevo en sartén. En invierno, el frío convierte a los sesos en una masa dura, llena de mocos. Y ni me hagan hablar de las medias estaciones. Un otoño donde pisar hojas es desconocido y una primavera cuyo pináculo más alto es un montón de púberes en la Costanera con un Dr. Lemon y una pelota de fútbol.

Alguno podría decir que soy un amargado. Que no sé ver la belleza, las pequeñas cosas ¿Qué cosas pequeñas? En este lugar todo es enorme, excepto las esperanzas, que de última, sería lo único que valdría la pena tener en tamaño familiar.

Entonces ¿Cómo no volverse un misántropo coercionado por la presión social a sonreír, a tragarse la mierda que tiran día a día en tu boca, como si estuvieran jugando a la bocha pero con soretes hediondos de perros?

Bueno, en fin. La aglomeración de almas. Esta se manifiesta en el hacinamiento intencionado, el hacinamiento innecesario. Algún progre, de esos que postean fotos en Facebook de niños africanos con las costillas a la vista me podrá decir que en India la gente se baña en la caca de otra gente a la orilla del Ganges. A ese progre, a ese pelotudo le respondo que la miseria de otro no es mi alegría. Esa lógica del sentirnos afortunados porque no nos bañamos en soretes es una canallada. Y ni siquiera es una canallada original de este particular y pútrido emisor, sino que a ese imbécil de bajo vuelo se lo bajó un CEO de Greenpeace que se rasca la zona tarlipal mientras cuenta billetes verdes con la cara de señores yanquis.

La conclusión podría ser que nadie logra escapar a la aglomeración de almas. Es una proeza imposible y no somos ni Hércules, ni Ulises ni Teseo. Tenemos nombres sudacas, poco épicos. Simples y rallanos en la vulgaridad.

Sin embargo, dependiendo donde uno se pare, a veces se ve un rayito de luz, mínimo. Ese rayo efímero, es tan potente que es capaz de cortar la poderosa reacción químico-social de la aglomeración de almas. Esas almas ahora no están hacinadas contra su voluntad. Están juntas por motus propio.

Esas almas gritan, lloran, putean. Pero no con la mala leche del automovilista antipiquete. Tienen un objetivo. Se dieron cuenta que cual Atlas obligado, su fuerza que no conocían sostiene una torta de casamiento donde al llegar a la parte más alta, no hay dos muñequitos, sino un montón de reverendos hijos de puta que mean para abajo y se cagan de risa. Y ahora se tambalea la estructura. Como dijera Ernest Everhard, el héroe obrero ficticio, el Talón de Hierro cede la potencia de la estructura que lo sostiene.

Y ahora, ¿quién se ríe?

Uno por uno, paso a paso. Ya los vamos a bajar.

 

Alparbasto mecánica (Muerte ex machina)

160529_escalera1

Las escaleras mecánicas me generan la misma fascinación que cuando era niño. Pienselo: una estructura móvil, casi futurista con el poder de devorarte vivo entre sus dientes y entrañas de metal, una masticación de engranajes, tuercas y tornillos. O eso me decían mis papás. Había algo… macabro, inapropiado en ese relato exagerado, que era un cuento de viejas de finales del Siglo XX. Imagínense ustedes el sentimiento aplastante, cortante, sucio de grasa de motor y caliente por la metálica fricción. Una muerte horrible, dolorosa, claustrofobizante y sin escapatoria.

Y aquello aconteció un día de otoño en el Shopping del Abasto, rondando el final de los 90’. Le aconteció a Matías. Era un chico muy tímido, enfermizo. Daba un poco de lástima, porque era pálido como sábana de hospital e incluso, olía a suero médico,

Cuando el verano acuciaba brindando incontables alegrías pre pubescentes, él se escondía en su alergias múltiples. Tal vez por eso su mamá no lo soltaba nunca. Y también por eso, pocas veces lo incluíamos. Los niños pueden horriblemente crueles.

Sin embargo, ese día que nos quedaría grabado a fuego en la memoria y que intentaríamos borrar con la potencia de la negación en lo más profundo del subconsciente, junto con el Edipo y la etapa fálica, le quisimos dar un “chan güi”. Un poquito por bondad, otro poquito por empatía y demás actitudes humanas que íbamos descubriendo mientras también descubríamos los primeros pelos en las axilas y la imperiosa necesidad de usar desodorante. Descubrimientos de nuestra tierna época de preadolescentes precoces, con el bigote falso y la voz que cambiaba dos o tres veces en un mismo día.

El reciente y flamante shopping nos recibió en esa tarde de final del menemismo, esperando con su boca brillante y reluciente a los gastadores. Fue sinceramente, una tarde mágica. Hasta Matías se río y no podíamos creer nunca haber visto su sonrisa. Lo cual, tal vez, fuera una marca del destino que quería desgraciarnos hasta el cinismo adulto en cuestión de minutos, como un proceso de reacciones químicas a la velocidad de la luz.

Ya habían pasado los fichines, la comida chatarra de que nuestra generación fue la gran pionera y toda diversión posible en ese lugar. Le sacamos hasta la última gota al flamante Abasto. La barra, cual cardumen hormonal se dirigía hacia la planta baja, más específicamente, la salida de Agüero hasta que Gonzalo notó que Matías, que en general se quedaba un poquito atrás, estaba atándose los cordones, todavía en el primer piso.

Un grito entrecortado por los comentarios y chistes sorprendió a Matías y retumbó en su cabecita rubia y pequeña: “¡Dale, bobo, apurate que te quedás solo!” fue la advertencia de Gonzalo, a la que Matías reaccionó de inmediato: se puso en la escalera mecánica y comenzó a descender rápido, como si fuera una escalera normal. Con pasos delicados de bailarín, con una gracia de la que carecíamos todos los demás hombres del grupo, por razón doble: éramos hombres y adolescentes.

Y con esos pasos de danza sobre la monstruosa estructura, su final se dibujó de manera segmentada. Primero fue en cámara lenta: el pedacito de cordón mal atado, la posición inoportuna, el primer tropezón, el primer grito.

Y después, como si hubieran apretado el botón de adelantar, todo se volvió 5 o 6 veces más rápido. Su pequeño y enfermizo cuerpo era devorado sin dificultad por la gigantesca mandíbula mecánica, que hacía crujir el cuerpecito con fruición grotesca. Como si de una película se tratara, volvió la cámara lenta. El seguridad corría hacia la escalera horrorizada y agarrándose la cabeza, mientras nuestro grupo se dividía entre el desconsolado llanto y la perplejidad propia de quién acaba de ser traumatizado de por vida.

No podría describir ni con la pluma de los literatos más virtuosos el estropicio que quedó en toda la escalera, que se detuvo cuando algo inesperado y de carnosa consistencia se atascó en sus engranajes, nuevos, limpios y aceitados. Un pequeño teatro del horror que se volvió masivo en apenas segundos. El morbo, la sangre, un globo ocular a medio reventar. Nadie podía creer que en tan noble lugar de consumo pudiera ocurrir semejante tragedia sangrienta e idiota.

Uno por uno nos vinieron a buscar nuestros padres. Yo aún miraba hacia el lugar donde se había tropezado Matías. Esperaba verlo aparecer mágicamente, como si nos hubiera gastado una broma pesada de muy mal gusto.

Pero no: sólo carne inerte y desparramada. Y ahí me zarandeó mi padre, me besó mi madre y yo los seguí caminando hacia atrás, con la vista fija en ese punto de inflexión de la historia, perra y cruel, que mata por azar.

Como el remate de un cuento de viejas macabro, de esos que contaban Perrault y Andersen, su cuerpo fue limpiado y al día siguiente el Abasto era lugar de goce total. Aunque todavía no puedo subir una escalera mecánica usando cordones.

Y es por eso que siempre voy de alpargatas, por las dudas, Don Gerardo, ¿vió?

El sacrificio de Doña Penélope

Est._Astolfi_Andenes_1

Tarde caliente en Villa Astolfi. Las gargantas resecas se quebraban por dentro entre los gritos, los cantitos y el abrasante calor que ninguna gaseosa puede calmar. 39 grados a la sombra. Imbancable. Tan imbancable como el monótono sonido, casi sin ritmo de los bombos de la hinchada local: los “Bragueteros”, nombre provocativo en honor al Dr. Ricardo Braguetta, trigésimo cuarto intendente de Villa Astolfi.

El partido de ese polvoriento y bochornoso sábado era con su rival de toda la vida, Derqui al Sud, por el ascenso al torneo B argentino.

La pequeña cancha, de forma trapezoidal estaba rodeada de autos oxidados, llena de maleza furiosa a sus pies y transmitía la tensión en pugna de 57 hinchas. 30 de Astolfi y 27 de Derqui. Los de Derqui siempre llevaban 58 exactos, según cuentas propias y ajenas, por lo cual se había constituido en el nombre oficial de su barra.

Cuando el gordo Raúl contó, con dificultad de analfabeto matemático, a los suyos y a los de Derqui, sonrió con esos dientes blancos como nubes de día soleado, que contrastaban con la morochidad argento-india-zamba de su tez y le dio sin asco al bombo mientras movía su panza al ritmo de VINIERON TODOS EN UN REMIS.

Se pudrió todo, de más está decirlo. Al Gordo le voló el zapato de Enrique, el jefe de “Los 58” y le pegó de lleno en la cara, provocando ondulosas ondas de grasa de cachetes y papadas. El árbitro, que además era el único abogado de Astolfi e hincha confeso del club, viendo que todavía faltaban 88 minutos de partido rezó por dentro para que “Los Bragueteros” no le hicieran suspender el partido. “Sólo dios y la virgen saben que hasta deje de rezar por la viejita para rezar por Astolfi” se dijo entre dientes y mirando arriba el pelado abogado-árbitro e hincha ultracatólico.

Mucho pedir para la locura desatada. Volaban fetas de jamón y queso, porciones de pizza de cancha y hasta voló el andador de Doña Penélope, que cumplía 102 años y 95 de hincha de Derqui al Sud. Lo tiró la misma Doña, al grito desesperado de “Los de Astolfi se hacen coger por trabucos, son todos trolos”.

El partido se había suspendido en el minuto 5, mientras seguían volando proyectiles de todo tipo, tamaño y especie. Cuando el Gordo escuchó lo de los trabucos, explotó. El viejo del gordo era un conocido travesti de la zona, que ofrecía a 20 pesos sus servicios amorosos. Con decisión y caminando como Terminator, se mandó entre la lluvia de cascotes, zapatos, bombos y baquetas, sin que le pegara una sola cosa.

Con sus 231 kilos, volteó a dos de Derqui que corrieron a embocarlo en medio de la cancha de césped sintético. Siguió avanzando mientras los de Derqui elegían correr a enfrentar a los otros hinchas, mucho menos peligrosos que el Gordo. Ni Enrique quedó, que se mandó por debajo de las gradas y salió corriendo por Tortugas y Samporetta, hacia la Harley que montaba.

El Gordo quedó frente a frente con Doña Penélope, que estaba desarmada: sin andador, sin cartera y hasta sin pulseras ni anillos. Todo eso lo había tirado, conmocionada por saber que una vez más no vería ascender al club de sus amores. Igual no se iba a achicar frente al Gordo y se puso en pose de boxeador, esperando su última batalla.

El Gordo le corrió sin dificultad las manos y le quebró los flácidos brazos. La Doña no gritó: iba a morir dignamente. El Gordo la acogotó fácilmente con maníaca sonrisa, con los dientes blancos espumeantes y con los ojos chiquitos, negros y mezquinos hasta que, a los segundos, ella exhaló el último suspiro. Según el que noqueó de un botellazo al Gordo inmediatamente después, sus últimas palabras fueron: “Ojalá te ganemos por defól, gordo puto”

Yo les digo, debe ser algo de magia, un milagro o no sé qué, pero, esa misma tarde, ael presidente de la AFA le llegó un comunicado. Como de costumbre, no lo leyó. Sabía, por el encabezado que tenía que decidir por una de las tres opciones: dar por ganador a uno o que se rehiciera el partido. Hizo un ta te tí y así como así, Derqui ascendía.

Derqui ahora juega en el Argentino B. Astolfi sigue en el C y el Gordo pasa sus días prófugo después de ser encarcelado en Sierra Chica. Se comenta que vive por Pilar y está bancado por el dirigente de Derqui. Penélope obtuvo una estatua de latón bañada en bronce en el predio nuevo que hizo el club con la plata del ascenso.

Lo único que no cambió es el viejo del Gordo, que sigue ofreciendo servicios amorosos, ahora a 25 pesos la hora.