Rémora

Ellas son rémoras

Pequeñas rémoras, insignificantes

¿Saben lo que es una rémora?

Son unos peces pequeños

Se adhieren a la piel de tiburones y orcas

Su vivencia es tan mínimamente parasitaria

Que los grandes depredadores no se dan por aludidos

Viven con las pequeñas comensales a cuestas, alimentándolas, toda su vida

O se dan cuenta y permiten la existencia parasitaria por diversión

¿Los tiburones pueden ser irónicos? No lo vamos a saber nunca

Pero esta es la historia de una rémora, una que nadó contra la corriente

Bueno…, metafóricamente. Los que hacen eso literalmente son los salmones.

Un día esta rémora pensó que habría muchas más rémoras que tiburones

Muchísimas más. “Debe de haber un millón, dos millones, tres millones de nosotras por cada tiburón”, pensó.

Y le dijo a su compañera, que succionaba con fruición los nutrientes de la piel de un tiburón blanco particularmente grande: “¿Porqué hacemos esto?”. La compañera era vieja, tanto como lo puede llegar a ser una rémora y contestó: “El tiburón es más grande. Nos podría zampar de un solo mordiscón, pero en cambio, es benévolo. Nos deja comer de él pues es tan poco lo que necesitamos, que a él no le molesta”.

“Pero…, ¿si un día el tiburón se cansa de alimentarnos?” replicó la primera “¿Si un día se cansa o muere, qué haremos?”. La vieja contestó “Pues iremos a otro y después a otro, así hasta terminar nuestra vida”.

La rémora no se quedó contenta con la respuesta. “Mientras sigamos al tiburón, siempre estaremos dependiendo de que él nos alimente. Si somos más, ¿no podríamos matarlo y comerlo entero?” siguió, ahora hablando más fuerte, dirigiendo su inquietud hacia todas sus compañeras.

Ellas no le contestaron. Estaban demasiado ocupadas en mantenerse bien pegadas a la piel del gran tiburón blanco. Pero el que sí escucho fue este. No le gustó mucho lo que dijo la pequeña inconformista. “Esto me generará problemas a futuro” se dijo a sí mismo. Con un solo movimiento, la pequeña rémora, que al hablar había despegado su boca de la piel del tiburón, cayó al vacío del mar.

La pequeña quedó sola, en el piso del océano sin poder alimentarse de nada. Poco a poco se fue consumiendo, hasta que finalmente, su pequeña boca cesó de moverse, casi instintivamente, en busca de algo que succionar.

Mientras veía la escena, la vieja rémora pensó: “Ya otras la habían intentado antes. Nunca sale bien” y siguió pegada a la piel del tiburón, que nadaba rápidamente.

Hay algunos que afirman y recontra afirman que está en contra de la naturaleza de estos animalillos el ser depredadores. Que se limitan a seguir su instinto, que es el de someterse ante una fuerza superior.

Yo sigo creyendo que algún día, habrá alguna otra pequeña e inquieta rémora que convencerá a las otras. Algún día, un ejército de billones y trillones de rémoras se comerá al gran tiburón que antes las alojaba en su piel.

remoras

 

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